El enigma de la Esfinge

Por Liliana García Domínguez - 13 de Enero, 2010, 4:15, Categoría: Significados y sentidos

Edipo de Tebas se hizo famoso en nuestros días gracias a Sigmund Freud.
Todos conocemos el famoso complejo que lleva su nombre, y que solo padecemos las mujeres.
Pero no porque nosotros somos las únicas "alteradas".
No: el que padecen los hombres se llama complejo de Electra.

En la antigüedad, sin embargo, su renombre se debió a que fue el único capaz de desentrañar el enigma de la Esfinge.

¿Qué ser vivo camina
en cuatro patas al amanecer,
en dos patas durante el día
y en tres patas al atardecer?

Y Edipo halló la respuesta, pues en eso le iba la vida:

El ser humano:
gatea cuando nace,
se yergue en su juventud y adultez
y usa báculo cuando es anciano.

Es cierto que se medían las edades del hombre de acuerdo con sus capacidades físicas.
Eran tiempos en los que se hacía difícil la supervivencia.
Y casi era cierto eso de que "solo sobrevivía el más apto".

Y, sin embargo, cada una de estas edades era respetada por su significado.


La infancia

La infancia es el período que abarca desde el nacimiento hasta los 14 años, según la vieja medicina.
Y según las tradiciones culturales que hemos heredado de la antigua Roma: en esa edad los varones recibían la toga de adultos.

Desde el punto de vista mítico, representa la edad de oro, la más valiosa: la Naturaleza la colma de regalos.
Pero es también la vida en el desconocimiento, en la ignorancia de cualquier problema.
Y en esa niebla dorada donde todo es juego y placer, ese niño va creciendo.

Es símbolo de futuro y de la fuerza juvenil que despierta.

Tal vez el niño más famoso sea Cupido.
Juguetón y algunas veces arbitrario, sus poderosas flechas hacen nacer el amor en aquellos que habían perdido la esperanza de encontrarlo.
También en aquellos que lo habían perdido y, repentinamente, se sintieron revivir con una lucecita al final del túnel. Y esa lucecita se fue haciendo cada vez más brillante, cálida ... hasta convertirse en un acogedor abrazo.

Quizás el amor que así comienza sea el futuro que deseamos para cada uno de nosotros.
Nos ha nacido un brote de primavera prometedora.
Hacerlo crecer y madurar será una tarea de a dos.



La juventud y la adultez

Gaudeamus igitur
iuvenes dum sumus.

Tiempo de despreocupación y alegría manifiestas, la juventud comienza a los 14 años.
Diversos rituales marcan el cambio: el bar mitzvah, la fiesta de 15...
Y más atrás, los pantalones largos y las medias de seda.

También es la época de ideales que no se quiebran, de ilusiones amorosas románticas, del primer beso, de la primera decepción.

Es el momento en que el cuerpo y la mente se preparan para encarar el mundo adulto, con la aparente carga que este conlleva.
Es dulc
e promesa.

Los sajones tienen la ventaja idiomática de clasificar a sus miembros con el nombre de teenagers.
Y justamente a los 19 las niñas casaderas eran presentadas en sociedad.

Lógicamente, llega la adultez. Las promesas se hacen realidades.
Algunos la sobrellevan como si fuese un fardo: pesado, desgastante.
Otros, simplemente la disfrutan. Son los que han sabido mantener la jovialidad, un estado del espíritu que nos permite ser dueños de nosotros mismos... y seguirnos conociéndonos.


La ancianidad

Post molestam senectutem

Última parte de la vida del hombre,  la vieja medicina sostenía que comenzaba a los 60 años.
En verdad, la expectativa era llegar a los 70. Con muchísima suerte.

Ser el anciano implicaba sabiduría.
Era qui
en había estado desde antes, desde siempre en la vida de la comunidad.
Era quien
conocía las historias pasadas, veladas tal vez por el recuerdo selectivo.
Era la fuente de la historia personal de cada miembro, de la identidad y de la pertenencia.

Y aunque parecen sinónimos, ser viejo es despectivo.
Implica haber quedado fuera del tiempo, sin capacidad para seguir adaptándose al cambio: viejos son los trapos.
O para ser objeto de la burla, como los viejos verdes: intentan rescatar -con inmadurez- una época anterior.

El siglo que acaba de finalizar ha endiosado la juventud y desaprovechado lo que de bueno tiene cada etapa, con lo que cada una de ellas ofrece.
Pero también nos ha dejado una valiosa lección.

Solo es viejo quien no tiene proyectos ni esperanzas.
    Ha decidido que el futuro no existe.
Solo es viejo quien se deja llevar por las circunstancias que lo golpean y no hace nada para sentirse mejor.
    Ha bajado los brazos. Se declaró vencido.
Solo es viejo quien considera que todo es feo, sucio, malsano.
    Ha perdido el ojo para la belleza de la Vida que nos da todo sin pedirnos nada.
    Se ha declarado muerto entre los vivos.
Y para esto no hay edad.

Seamos, pues, siempre jóvenes, sin importar cuántos sean nuestros años.
Es el mejor tributo que podemos hacernos a nosotros mismos.


Contacto: lilianagardom@gmail.com

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