¿Qué castellano leemos?

Por lgardom - 5 de Enero, 2006, 1:58, Categoría: Lengua española II

CON LA CONCENTRACION EDITORIAL, SE TRADUCE MUY POCO EN LA ARGENTINA
Grifos, faldas, gilipollas: ¿en qué castellano estamos leyendo?

Aunque los traductores argentinos cobran mucho menos que los españoles, los trabajos se hacen en Europa para toda Hispanoamérica. Si traduce un argentino, le piden que use un castellano neutro.

Eduardo Pogoriles
 

En las traducciones de obras literarias hechas en España que llegan a Buenos Aires —con libros importados o de edición argentina— las mujeres no usan polleras sino faldas, tampoco se enojan sino que se cabrean. No cocinan, guisan. No abren la canilla, abren el grifo. Los chicos no juegan con barriletes sino con cometas, comen plátanos y no bananas, no guardan sus tesoros en un tarro sino en un bote. Los hombres no son tontos sino gilipollas. Ejemplos abundan pero, más allá de las bromas, todo tiene una lógica económica.

"Es que en los últimos años muy poco se tradujo en la Argentina, las grandes editoriales locales fueron compradas por España, entonces las traducciones vienen de allá, son como fábricas llave en mano", dice María Cristina Pinto, presidenta de la Asociación Argentina de Traductores e Intérpretes, que reúne a más de 200 profesionales. Para ella, como para muchos otros traductores literarios, la esperanza de volver al trabajo está puesta en "el bajo costo argentino por la caída de la convertibilidad". Esto traería al país a algunas editoriales extranjeras, "eso sí, nos piden traducir en un español neutro, no podemos usar el voseo ni nada que recuerde al lunfardo".

¿En qué castellano leemos? Se dice que la traducción de idiomas es hoy una de las cuatro grandes influencias en el uso de la lengua, los otros son la política, el periodismo y la publicidad. No hace falta citar a George Steiner, a Milan Kundera, a Jorge Luis Borges, todos ellos coinciden en el papel central que la actividad de la traducción tiene para cualquier cultura.

No es sólo una cuestión de dinero: en la Argentina cobran 20 pesos por cada 1.000 palabras, un libro promedio de 150 páginas tiene 70.000 palabras: una traducción completa ronda los 1.200 pesos. En Europa, la tarifa es de unos 100 euros por cada 1.000 palabras. La diferencia es impactante, pero igual no abunda el trabajo para los argentinos.

Cuando trabajan para editoriales locales, los argentinos no cobran derechos si su traducción se vende fuera del país. Y escasamente se los nombra a la hora de la crítica del libro, salvo que sean escritores conocidos como Alicia Steimberg, Marcelo Cohen, Elvio Gandolfo, Alicia Dujovne Ortiz o Sylvia Iparraguirre, entre otros.

Para Daniel Divinsky, de la editorial De la Flor, "el tema de fondo es el control de calidad de las traducciones que se hacen en España, me consta que Ariel Dorfman se ofreció a traducir su última obra del inglés al castellano y no le gustó nada la que hicieron sus editores en Madrid".

¿Es posible que la Argentina haya dejado de ser un polo cultural con una gran tradición en el campo de las traducciones literarias propias? La pequeña editora Adriana Hidalgo admite que "con la caída de la convertibilidad, muchos editores quedamos fuera del mercado de derechos de libros para traducir. No es barato comprar derechos de autores europeos. El promedio ronda hoy los 2.000 dólares, a eso hay que agregarle los costos de traducir en Buenos Aires. La única manera en que esto cierre bien es exportando nuestras traducciones afuera, que es lo que hacemos".

Lo cierto es que con la concentración de la industria editorial, por una cuestión de costos hoy se imprime en Chile o Colombia, se traduce principalmente en España —a veces en México o en Argentina— y se distribuye para toda América latina. Las grandes decisiones se toman en España. "Es un negocio global y por eso se exige un castellano neutro que yo no creo que exista. Ocurre que vivimos en un mundo editorial sin verdaderos editores", dice la traductora Patricia Willson, autora de La constelación del sur, una historia del oficio en el país.

En este sentido, el poeta, traductor y antiguo editor Rodolfo Alonso, cree que "al perder nuestras editoriales hemos perdido nuestra capacidad para el uso del idioma, perdimos el derecho a traducir en el tono en que hablamos aquí". Para Alonso, el debate por las traducciones es "tan antiguo como nuestro primer crítico literario, Juan María Gutiérrez, que en 1875 rechazó asociarse a la Real Academia Española porque decía que el lenguaje hablado en el río Manzanares —en Madrid— no era igual al del Río de la Plata".

http://old.clarin.com/diario/2004/01/08/s-03501.htm

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Contacto: lilianagardom@gmail.com

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