El país del gerundio

Por Liliana García Domínguez - 5 de Enero, 2006, 1:59, Categoría: Lenguaje

http://www.lanacion.com.ar/suples/revista/0118/P07.HTM
LA NACION | 29/04/2001 | Página | Revista

ALICIA DUJOVNE ORTIZ

Ese tiempo verbal perezoso, que se estira en forma circular, eternamente "en vías de desarrollo"

Nunca se me hubiera ocurrido pensar que el acto de volver a la Argentina iría a convertirse, entre otras cosas, en una revancha para Julio Cortázar. Revancha de ultratumba, es claro, pero no menos maliciosa que si el propio escritor hubiera tenido tiempo, y ganas, de tomársela en vida. Me explico. Alguna vez me he reído, inútil agregar que con afecto y admiración, de las novelas de Cortázar con sus diálogos porteños desarrollados en una lengua a la que él persistía en considerar actual, contemporánea de sus textos, cuando en realidad utilizaba fantasmas de palabras surgidos del fondo de su juventud, que nadie utilizaba desde los años cincuenta. En aquel tiempo me atrevía a bromear con que Cortázar escribía en ladino, aludiendo al español del siglo XV que los judíos sefarditas expulsados de España en 1492 han conservado intacto desde entonces, en los Balcanes o en Turquía. El ladino de nuestro gran novelista, voluntariamente exiliado en París y sin contacto con la evolución del idioma popular de Buenos Aires, se componía de expresiones tales como está un kilo o qué tarro, que nos retrotraían, si no al tiempo de la Inquisición, al menos al del baión Delicado, las polleras plato, los zapatitos ballerina y el carnet obligatorio de la UES. Lo cierto es que, por las mismas razones -veinte años de ausencia-, yo he vuelto a Buenos Aires hablando en ladino, con la sorpresa adicional de que mi idioma no provoca el menor sobresalto: como avanzar en edad también es un exilio, en general se supone que entrar en años va acompañado por el uso de una lengua pasada. Las novedades idiomáticas llegaron hasta mi oído en 1995 y por teléfono, cuando mi joven editor argentino me llamó a París a comentarme con tono elogioso mi biografía de Eva Perón: "Está muy bien porque lo que no sabe no lo cierra". Traducción al ladino: cerrar significaba llegar a conclusiones. Sólo que momentos más tarde, y no en son de alabanza, mi editor agregó: "en cambio esto no me cierra, pero si hace tal y tal cosa, zafamos". De modo que mientras cerrar se volvía transitivo, y no para referirse a un pantalón sino a un tema, a zafar le recortaban el sufijo se, llevándolo del más íntimo e introvertido nos zafamos a un zafamos sin referencias personales. Cuando, ya publicado mi libro, una periodista que también me entrevistaba por larga distancia me formuló una pregunta nunca oída hasta entonces, desde dónde lo había escrito, aproveché la ocasión para responder, con la fingida inocencia que la extranjería o el largo alejamiento permiten, desde mi casa. Hoy el lenguaje adolescente ya no tiene, gracias a mis dos nietas, secretos para mí. No se dice más es cualquier cosa sino es cualquiera. El antiguo cualquier cosa resultaste del tango ha perdido validez. Al recibir un regalo, el agasajado ya no exclama me encanta sino me encantó. Reacción de abuela dolida: "¡pero si te lo acabo de dar! ¿O es que ya no te encanta?" Para manifestar que he estado mucho tiempo fuera del país debería decir "una bocha" o "una banda" de tiempo, y para reafirmar la veracidad de mi aserto, agregar "posta".

Si intentara captar el espíritu de una reunión llegaría preguntando "qué trasca". Si no tuviera la menor intención de llevar a cabo determinada acción lanzaría con negligencia "ni ahí". Y para aludir al estado mental del país y su gente los llamaría "limados", añadiendo, para mejor comprensión, que todos, en la Argentina de nuestros días, están "recapocha". Lo que sí no ha cambiado es el gerundio, ese tiempo verbal perezoso que se estira en forma circular, eternamente "en vías de desarrollo" igual que nosotros. En otra de mis notas he escrito que el verbo de la Argentina, desde el punto de vista de la ilusión, era el potencial irreal.

El otro es el gerundio que no concluye nunca, por no decir que no cierra. Cuando me fui, los colectiveros murmuraban cansados: "corrien-do, señores pasajeros, corriendo al fondo". Ahora que vuelvo, las máquinas de los ómnibus anuncian con la misma fatiga: boleto imprimiéndose. Entonces, ¿qué trasca? La de siempre. Inamovible. El kilo y el tarro pasan pero el gerundio queda.

Nunca se me hubiera ocurrido pensar que el acto de volver a la Argentina iría a convertirse, entre otras cosas, en una revancha para Julio Cortázar. Revancha de ultratumba, es claro, pero no menos maliciosa que si el propio escritor hubiera tenido tiempo, y ganas, de tomársela en vida. Me explico. Alguna vez me he reído, inútil agregar que con afecto y admiración, de las novelas de Cortázar con sus diálogos porteños desarrollados en una lengua a la que él persistía en considerar actual, contemporánea de sus textos, cuando en realidad utilizaba fantasmas de palabras surgidos del fondo de su juventud, que nadie utilizaba desde los años cincuenta. En aquel tiempo me atrevía a bromear con que Cortázar escribía en ladino, aludiendo al español del siglo XV que los judíos sefarditas expulsados de España en 1492 han conservado intacto desde entonces, en los Balcanes o en Turquía. El ladino de nuestro gran novelista, voluntariamente exiliado en París y sin contacto con la evolución del idioma popular de Buenos Aires, se componía de expresiones tales como está un kilo o qué tarro, que nos retrotraían, si no al tiempo de la Inquisición, al menos al del baión Delicado, las polleras plato, los zapatitos ballerina y el carnet obligatorio de la UES. Lo cierto es que, por las mismas razones -veinte años de ausencia-, yo he vuelto a Buenos Aires hablando en ladino, con la sorpresa adicional de que mi idioma no provoca el menor sobresalto: como avanzar en edad también es un exilio, en general se supone que entrar en años va acompañado por el uso de una lengua pasada. Las novedades idiomáticas llegaron hasta mi oído en 1995 y por teléfono, cuando mi joven editor argentino me llamó a París a comentarme con tono elogioso mi biografía de Eva Perón: "Está muy bien porque lo que no sabe no lo cierra". Traducción al ladino: cerrar significaba llegar a conclusiones. Sólo que momentos más tarde, y no en son de alabanza, mi editor agregó: "en cambio esto no me cierra, pero si hace tal y tal cosa, zafamos". De modo que mientras cerrar se volvía transitivo, y no para referirse a un pantalón sino a un tema, a zafar le recortaban el sufijo se, llevándolo del más íntimo e introvertido nos zafamos a un zafamos sin referencias personales. Cuando, ya publicado mi libro, una periodista que también me entrevistaba por larga distancia me formuló una pregunta nunca oída hasta entonces, desde dónde lo había escrito, aproveché la ocasión para responder, con la fingida inocencia que la extranjería o el largo alejamiento permiten, desde mi casa. Hoy el lenguaje adolescente ya no tiene, gracias a mis dos nietas, secretos para mí. No se dice más es cualquier cosa sino es cualquiera. El antiguo cualquier cosa resultaste del tango ha perdido validez. Al recibir un regalo, el agasajado ya no exclama me encanta sino me encantó. Reacción de abuela dolida: "¡pero si te lo acabo de dar! ¿O es que ya no te encanta?" Para manifestar que he estado mucho tiempo fuera del país debería decir "una bocha" o "una banda" de tiempo, y para reafirmar la veracidad de mi aserto, agregar "posta".

Si intentara captar el espíritu de una reunión llegaría preguntando "qué trasca". Si no tuviera la menor intención de llevar a cabo determinada acción lanzaría con negligencia "ni ahí". Y para aludir al estado mental del país y su gente los llamaría "limados", añadiendo, para mejor comprensión, que todos, en la Argentina de nuestros días, están "recapocha". Lo que sí no ha cambiado es el gerundio, ese tiempo verbal perezoso que se estira en forma circular, eternamente "en vías de desarrollo" igual que nosotros. En otra de mis notas he escrito que el verbo de la Argentina, desde el punto de vista de la ilusión, era el potencial irreal.

El otro es el gerundio que no concluye nunca, por no decir que no cierra. Cuando me fui, los colectiveros murmuraban cansados: "corrien-do, señores pasajeros, corriendo al fondo". Ahora que vuelvo, las máquinas de los ómnibus anuncian con la misma fatiga: boleto imprimiéndose. Entonces, ¿qué trasca? La de siempre. Inamovible. El kilo y el tarro pasan pero el gerundio queda.

Nunca se me hubiera ocurrido pensar que el acto de volver a la Argentina iría a convertirse, entre otras cosas, en una revancha para Julio Cortázar. Revancha de ultratumba, es claro, pero no menos maliciosa que si el propio escritor hubiera tenido tiempo, y ganas, de tomársela en vida. Me explico. Alguna vez me he reído, inútil agregar que con afecto y admiración, de las novelas de Cortázar con sus diálogos porteños desarrollados en una lengua a la que él persistía en considerar actual, contemporánea de sus textos, cuando en realidad utilizaba fantasmas de palabras surgidos del fondo de su juventud, que nadie utilizaba desde los años cincuenta. En aquel tiempo me atrevía a bromear con que Cortázar escribía en ladino, aludiendo al español del siglo XV que los judíos sefarditas expulsados de España en 1492 han conservado intacto desde entonces, en los Balcanes o en Turquía. El ladino de nuestro gran novelista, voluntariamente exiliado en París y sin contacto con la evolución del idioma popular de Buenos Aires, se componía de expresiones tales como está un kilo o qué tarro, que nos retrotraían, si no al tiempo de la Inquisición, al menos al del baión Delicado, las polleras plato, los zapatitos ballerina y el carnet obligatorio de la UES. Lo cierto es que, por las mismas razones -veinte años de ausencia-, yo he vuelto a Buenos Aires hablando en ladino, con la sorpresa adicional de que mi idioma no provoca el menor sobresalto: como avanzar en edad también es un exilio, en general se supone que entrar en años va acompañado por el uso de una lengua pasada. Las novedades idiomáticas llegaron hasta mi oído en 1995 y por teléfono, cuando mi joven editor argentino me llamó a París a comentarme con tono elogioso mi biografía de Eva Perón: "Está muy bien porque lo que no sabe no lo cierra". Traducción al ladino: cerrar significaba llegar a conclusiones. Sólo que momentos más tarde, y no en son de alabanza, mi editor agregó: "en cambio esto no me cierra, pero si hace tal y tal cosa, zafamos". De modo que mientras cerrar se volvía transitivo, y no para referirse a un pantalón sino a un tema, a zafar le recortaban el sufijo se, llevándolo del más íntimo e introvertido nos zafamos a un zafamos sin referencias personales. Cuando, ya publicado mi libro, una periodista que también me entrevistaba por larga distancia me formuló una pregunta nunca oída hasta entonces, desde dónde lo había escrito, aproveché la ocasión para responder, con la fingida inocencia que la extranjería o el largo alejamiento permiten, desde mi casa. Hoy el lenguaje adolescente ya no tiene, gracias a mis dos nietas, secretos para mí. No se dice más es cualquier cosa sino es cualquiera. El antiguo cualquier cosa resultaste del tango ha perdido validez. Al recibir un regalo, el agasajado ya no exclama me encanta sino me encantó. Reacción de abuela dolida: "¡pero si te lo acabo de dar! ¿O es que ya no te encanta?" Para manifestar que he estado mucho tiempo fuera del país debería decir "una bocha" o "una banda" de tiempo, y para reafirmar la veracidad de mi aserto, agregar "posta".

Si intentara captar el espíritu de una reunión llegaría preguntando "qué trasca". Si no tuviera la menor intención de llevar a cabo determinada acción lanzaría con negligencia "ni ahí". Y para aludir al estado mental del país y su gente los llamaría "limados", añadiendo, para mejor comprensión, que todos, en la Argentina de nuestros días, están "recapocha". Lo que sí no ha cambiado es el gerundio, ese tiempo verbal perezoso que se estira en forma circular, eternamente "en vías de desarrollo" igual que nosotros. En otra de mis notas he escrito que el verbo de la Argentina, desde el punto de vista de la ilusión, era el potencial irreal.

El otro es el gerundio que no concluye nunca, por no decir que no cierra. Cuando me fui, los colectiveros murmuraban cansados: "corrien-do, señores pasajeros, corriendo al fondo". Ahora que vuelvo, las máquinas de los ómnibus anuncian con la misma fatiga: boleto imprimiéndose. Entonces, ¿qué trasca? La de siempre. Inamovible. El kilo y el tarro pasan pero el gerundio queda.

Nunca se me hubiera ocurrido pensar que el acto de volver a la Argentina iría a convertirse, entre otras cosas, en una revancha para Julio Cortázar. Revancha de ultratumba, es claro, pero no menos maliciosa que si el propio escritor hubiera tenido tiempo, y ganas, de tomársela en vida. Me explico. Alguna vez me he reído, inútil agregar que con afecto y admiración, de las novelas de Cortázar con sus diálogos porteños desarrollados en una lengua a la que él persistía en considerar actual, contemporánea de sus textos, cuando en realidad utilizaba fantasmas de palabras surgidos del fondo de su juventud, que nadie utilizaba desde los años cincuenta. En aquel tiempo me atrevía a bromear con que Cortázar escribía en ladino, aludiendo al español del siglo XV que los judíos sefarditas expulsados de España en 1492 han conservado intacto desde entonces, en los Balcanes o en Turquía. El ladino de nuestro gran novelista, voluntariamente exiliado en París y sin contacto con la evolución del idioma popular de Buenos Aires, se componía de expresiones tales como está un kilo o qué tarro, que nos retrotraían, si no al tiempo de la Inquisición, al menos al del baión Delicado, las polleras plato, los zapatitos ballerina y el carnet obligatorio de la UES. Lo cierto es que, por las mismas razones -veinte años de ausencia-, yo he vuelto a Buenos Aires hablando en ladino, con la sorpresa adicional de que mi idioma no provoca el menor sobresalto: como avanzar en edad también es un exilio, en general se supone que entrar en años va acompañado por el uso de una lengua pasada. Las novedades idiomáticas llegaron hasta mi oído en 1995 y por teléfono, cuando mi joven editor argentino me llamó a París a comentarme con tono elogioso mi biografía de Eva Perón: "Está muy bien porque lo que no sabe no lo cierra". Traducción al ladino: cerrar significaba llegar a conclusiones. Sólo que momentos más tarde, y no en son de alabanza, mi editor agregó: "en cambio esto no me cierra, pero si hace tal y tal cosa, zafamos". De modo que mientras cerrar se volvía transitivo, y no para referirse a un pantalón sino a un tema, a zafar le recortaban el sufijo se, llevándolo del más íntimo e introvertido nos zafamos a un zafamos sin referencias personales. Cuando, ya publicado mi libro, una periodista que también me entrevistaba por larga distancia me formuló una pregunta nunca oída hasta entonces, desde dónde lo había escrito, aproveché la ocasión para responder, con la fingida inocencia que la extranjería o el largo alejamiento permiten, desde mi casa. Hoy el lenguaje adolescente ya no tiene, gracias a mis dos nietas, secretos para mí. No se dice más es cualquier cosa sino es cualquiera. El antiguo cualquier cosa resultaste del tango ha perdido validez. Al recibir un regalo, el agasajado ya no exclama me encanta sino me encantó. Reacción de abuela dolida: "¡pero si te lo acabo de dar! ¿O es que ya no te encanta?" Para manifestar que he estado mucho tiempo fuera del país debería decir "una bocha" o "una banda" de tiempo, y para reafirmar la veracidad de mi aserto, agregar "posta".

Si intentara captar el espíritu de una reunión llegaría preguntando "qué trasca". Si no tuviera la menor intención de llevar a cabo determinada acción lanzaría con negligencia "ni ahí". Y para aludir al estado mental del país y su gente los llamaría "limados", añadiendo, para mejor comprensión, que todos, en la Argentina de nuestros días, están "recapocha". Lo que sí no ha cambiado es el gerundio, ese tiempo verbal perezoso que se estira en forma circular, eternamente "en vías de desarrollo" igual que nosotros. En otra de mis notas he escrito que el verbo de la Argentina, desde el punto de vista de la ilusión, era el potencial irreal.

El otro es el gerundio que no concluye nunca, por no decir que no cierra. Cuando me fui, los colectiveros murmuraban cansados: "corrien-do, señores pasajeros, corriendo al fondo". Ahora que vuelvo, las máquinas de los ómnibus anuncian con la misma fatiga: boleto imprimiéndose. Entonces, ¿qué trasca? La de siempre. Inamovible. El kilo y el tarro pasan pero el gerundio queda.

Nunca se me hubiera ocurrido pensar que el acto de volver a la Argentina iría a convertirse, entre otras cosas, en una revancha para Julio Cortázar. Revancha de ultratumba, es claro, pero no menos maliciosa que si el propio escritor hubiera tenido tiempo, y ganas, de tomársela en vida. Me explico. Alguna vez me he reído, inútil agregar que con afecto y admiración, de las novelas de Cortázar con sus diálogos porteños desarrollados en una lengua a la que él persistía en considerar actual, contemporánea de sus textos, cuando en realidad utilizaba fantasmas de palabras surgidos del fondo de su juventud, que nadie utilizaba desde los años cincuenta. En aquel tiempo me atrevía a bromear con que Cortázar escribía en ladino, aludiendo al español del siglo XV que los judíos sefarditas expulsados de España en 1492 han conservado intacto desde entonces, en los Balcanes o en Turquía. El ladino de nuestro gran novelista, voluntariamente exiliado en París y sin contacto con la evolución del idioma popular de Buenos Aires, se componía de expresiones tales como está un kilo o qué tarro, que nos retrotraían, si no al tiempo de la Inquisición, al menos al del baión Delicado, las polleras plato, los zapatitos ballerina y el carnet obligatorio de la UES. Lo cierto es que, por las mismas razones -veinte años de ausencia-, yo he vuelto a Buenos Aires hablando en ladino, con la sorpresa adicional de que mi idioma no provoca el menor sobresalto: como avanzar en edad también es un exilio, en general se supone que entrar en años va acompañado por el uso de una lengua pasada. Las novedades idiomáticas llegaron hasta mi oído en 1995 y por teléfono, cuando mi joven editor argentino me llamó a París a comentarme con tono elogioso mi biografía de Eva Perón: "Está muy bien porque lo que no sabe no lo cierra". Traducción al ladino: cerrar significaba llegar a conclusiones. Sólo que momentos más tarde, y no en son de alabanza, mi editor agregó: "en cambio esto no me cierra, pero si hace tal y tal cosa, zafamos". De modo que mientras cerrar se volvía transitivo, y no para referirse a un pantalón sino a un tema, a zafar le recortaban el sufijo se, llevándolo del más íntimo e introvertido nos zafamos a un zafamos sin referencias personales. Cuando, ya publicado mi libro, una periodista que también me entrevistaba por larga distancia me formuló una pregunta nunca oída hasta entonces, desde dónde lo había escrito, aproveché la ocasión para responder, con la fingida inocencia que la extranjería o el largo alejamiento permiten, desde mi casa. Hoy el lenguaje adolescente ya no tiene, gracias a mis dos nietas, secretos para mí. No se dice más es cualquier cosa sino es cualquiera. El antiguo cualquier cosa resultaste del tango ha perdido validez. Al recibir un regalo, el agasajado ya no exclama me encanta sino me encantó. Reacción de abuela dolida: "¡pero si te lo acabo de dar! ¿O es que ya no te encanta?" Para manifestar que he estado mucho tiempo fuera del país debería decir "una bocha" o "una banda" de tiempo, y para reafirmar la veracidad de mi aserto, agregar "posta".

Si intentara captar el espíritu de una reunión llegaría preguntando "qué trasca". Si no tuviera la menor intención de llevar a cabo determinada acción lanzaría con negligencia "ni ahí". Y para aludir al estado mental del país y su gente los llamaría "limados", añadiendo, para mejor comprensión, que todos, en la Argentina de nuestros días, están "recapocha". Lo que sí no ha cambiado es el gerundio, ese tiempo verbal perezoso que se estira en forma circular, eternamente "en vías de desarrollo" igual que nosotros. En otra de mis notas he escrito que el verbo de la Argentina, desde el punto de vista de la ilusión, era el potencial irreal.

El otro es el gerundio que no concluye nunca, por no decir que no cierra. Cuando me fui, los colectiveros murmuraban cansados: "corrien-do, señores pasajeros, corriendo al fondo". Ahora que vuelvo, las máquinas de los ómnibus anuncian con la misma fatiga: boleto imprimiéndose. Entonces, ¿qué trasca? La de siempre. Inamovible. El kilo y el tarro pasan pero el gerundio queda.

Contacto: lilianagardom@gmail.com

Permalink ~ Comentar | Referencias (0)

El Blog

Calendario

<<   Enero 2006  >>
LMMiJVSD
            1
2 3 4 5 6 7 8
9 10 11 12 13 14 15
16 17 18 19 20 21 22
23 24 25 26 27 28 29
30 31      

Sindicación

Alojado en
ZoomBlog