Cómo leer una columna (bilingüe)

Por Liliana García Domínguez - 1 de Enero, 2006, 21:07, Categoría: Lengua española II

Estos dos textos fueron publicados en forma consecutiva.

Los dejo aquí con el propósito de que analices la forma en que la versión inglesa fue traducida al español.

Liliana

How to Read a Column

By WILLIAM SAFIRE

At last I am at liberty to vouchsafe to you the dozen rules in reading a political column.

1. Beware the pundit's device of using a quotation from a liberal opposition figure to make a conservative case, and vice versa. Righties love to quote John F. Kennedy on life's unfairness; lefties love to quote Ronald Reagan. Don't fall for gilding by association.

2. Never look for the story in the lede. Reporters are required to put what's happened up top, but the practiced pundit places a nugget of news, even a startling insight, halfway down the column, directed at the politiscenti. When pressed for time, the savvy reader starts there.

3. Do not be taken in by "insiderisms." Fledgling columnists, eager to impress readers with their grasp of journalistic jargon, are drawn to such arcane spellings as "lede." Where they lede, do not follow.

4. When infuriated by an outrageous column, do not be suckered into responding with an abusive e-mail. Pundits so targeted thumb through these red-faced electronic missives with delight, saying "Hah! Got to 'em."

5. Don't fall for the "snapper" device. To give an aimless harangue the illusion of shapeliness, some of us begin (forget "lede") with a historical allusion or revealing anecdote, then wander around for 600 words before concluding by harking back to an event or quotation in the opening graph. This stylistic circularity gives the reader a snappy sense of completion when the pundit has not figured out his argument's conclusion.

6. Be wary of admissions of minor error. One vituperator wrote recently that the Constitution's requirement for a president to be "natural born" would have barred Alexander Hamilton. Nitpickers pointed out that the Founders exempted themselves. And there were 16, not 20, second inaugural speeches. In piously making these corrections before departing, the pundit gets credit for accuracy while getting away with misjudgments too whopping to admit.

(Note: you are now halfway down the column. Start here.)

7. Watch for repayment of favors. Stewart Alsop jocularly advised a novice columnist: "Never compromise your journalistic integrity - except for a revealing anecdote." Example: a Nixon speechwriter told columnists that the president, at Camp David, boasted "I just shot 120," to which Henry Kissinger said brightly "Your golf game is improving, Mr. President," causing Nixon to growl "I was bowling, Henry." After columnists gobbled that up, the manipulative writer collected in the coin of friendlier treatment.

8. Cast aside any column about two subjects. It means the pundit chickened out on the hard decision about what to write about that day. When the two-topic writer strains to tie together chalk and cheese, turn instead to a pudding with a theme. (Three subjects, however, can give an essay the stability of an oaken barstool. Two's a crowd, but three's a gestalt.)

9. Cherchez la source. Ingest no column (or opinionated reporting labeled "analysis") without asking: Cui bono? And whenever you see the word "respected" in front of a name, narrow your eyes. You have never read "According to the disrespected (whomever)."

10. Resist swaydo-intellectual writing. Only the hifalutin trap themselves into "whomever" and only the tort bar uses the Latin for "who benefits?" Columnists who show off should surely shove off. (And avoid all asinine alliteration.)

11. Do not be suckered by the unexpected. Pundits sometimes slip a knuckleball into their series of curveballs: for variety's sake, they turn on comrades in ideological arms, inducing apostasy-admirers to gush "Ooh, that's so unpredictable." Such pushmi-pullyu advocacy is permissible for Clintonian liberals or libertarian conservatives but is too often the mark of the too-cute contrarian.

12. Scorn personal exchanges between columnists. Observers presuming to be participants in debate remove the reader from the reality of controversy; theirs is merely a photo of a painting of a statue, or a towel-throwing contest between fight managers. Insist on columns taking on only the truly powerful, and then only kicking 'em when they're up.

In bidding Catullus's ave atque vale to readers of this progenitor of all op-ed pages (see rule 10), is it fair for one who has enjoyed its freedom for three decades to spill its secrets? Of course it's unfair to reveal the Code. But punditry is as vibrant as political life itself, and as J.F.K. said, "life is unfair." (Rules 1 and 5.)

http://www.nytimes.com/2005/01/24/opinion/24safire1.html?oref=login&th

Cómo leer una columna política

Por William Safire
The New York Times

NUEVA YORK

Por fin puedo revelarles las doce reglas sobre cómo leer una columna política. Estas son:

1. Estén alertas al ardid del columnista entendido de usar una cita de un opositor liberal para fundamentar una opinión conservadora y viceversa. Los derechistas gustan citar a John F. Kennedy respecto de las injusticias de la vida; a los izquierdistas les encanta citar a Ronald Reagan. No se dejen engañar por el lustre de la asociación.

2. Nunca busquen el meollo de un artículo en su comienzo. Los reporteros deben poner los hechos al principio. El columnista experimentado inserta en la mitad de su nota un bocadillo de información valiosa, o incluso una observación de una perspicacia sorprendente, dirigidos a los conocedores. Si el tiempo lo apremia, el lector sagaz empieza por allí.

3. No se dejen embaucar por las expresiones propias de la jerga periodística. Los columnistas bisoños, en su afán por impresionar al lector con su dominio de esa jerigonza, tienden a escribir grafías incomprensibles. No se guíen por ellas.

4. Si una columna injuriosa los irrita, no sean tan incautos como para responder con un mensaje electrónico insultante. Los destinatarios de estas misivas furibundas se regodean hojeándolos. "¡Ah, les molestó!", murmuran.

5. No caigan en la trampa de la supuesta "vivacidad". Para dar una forma ilusoria a una perorata sin sentido, algunos colegas parten de un hecho histórico o una anécdota reveladora, divagan unas seiscientas palabras y concluyen volviendo al hecho o cita iniciales. El estilo circular les dará a ustedes una viva sensación de estar leyendo un trabajo cabal cuando, en realidad, el gurú no ha llegado a ninguna conclusión.

6. ¡Cuidado con las admisiones de errores leves! Hace poco, un vituperador escribió que, según la Constitución, el presidente de Estados Unidos debe ser norteamericano nativo y eso habría excluido a Alexander Hamilton. Los lectores demasiado escrupulosos señalaron que nuestros Padres Fundadores se eximieron de cumplir ese requisito. Además, los discursos inaugurales de segundos mandatos fueron dieciséis y no veinte. Al hacer estas correcciones piadosas antes de partir, el experto gana fama de exactitud; entretanto, quedan impunes errores de opinión inadmisibles por su enormidad.

(Nota al lector: Está promediando la columna. Empiece aquí.)

7. ¡Ojo con la devolución de favores! Stewart Alsop le aconsejó en broma a un columnista novato: "Nunca comprometa su integridad periodística, salvo a cambio de una anécdota reveladora". Citaré una que relató a los periodistas alguien que redactaba los discursos de Nixon. Cierta vez, en Camp David, Nixon se jactó: "Me bastaron ciento veinte lanzamientos". "Su golf está mejorando, señor presidente", comentó con vivacidad Kissinger. "Estaba jugando a los bolos, Henry", gruñó Nixon. Los columnistas devoraron el dato y le pagaron el favor con un trato más amable.

8. Desechen toda columna que aborde dos temas. Eso indica que el autor se amilanó frente a la dura decisión de qué comentar ese día. Cuando un escritor "bitemático" se esfuerza por ligar la tiza y el queso, déjenlo y busquen un budín monotemático. (No obstante, tres temas pueden dar a un ensayo la estabilidad de un banco de roble. Dos son una multitud; tres son una Gestalt , bueno, una forma.)

9. Cherchez la source ("busquen la fuente"). No traguen ninguna columna o dictamen pertinaz titulado "análisis" sin preguntarse: "¿Cui bono?" ( sic por ¿Qui bono?, "¿Quién se beneficia?"). Y siempre que vean la palabra "respetado" delante de un nombre, agucen la vista. Nunca leerán "Según el desacreditado...", quienquiera fuere el tipo en cuestión.

10. Resístanse al estilo intelectual que busca impresionar. Solamente los presuntuosos caen en la trampa del "quienquiera fuere". En cuanto a la frase latina, sólo la usan los abogados. Por cierto, los columnistas pedantes deberían tomar el portante. (Y evitar las aliteraciones tontas.)

11. No se dejen engañar por lo inesperado. A veces, por variar, los columnistas se vuelven contra sus correligionarios e inducen a los admiradores de las apostasías a murmurar: "¡Oh, quién lo hubiera pensado!". Esta promoción del pushmi-pullyu * es permisible entre los liberales de Clinton o los conservadores libertarios, pero con excesiva frecuencia caracteriza al opositor demasiado gracioso.

12. Desprecien las discusiones personales entre columnistas. Los observadores que presumen de intervenir en el debate apartan al lector de la controversia real. Le ofrecen meras fotografías de un cuadro o estatua. Es como si dos entrenadores de boxeadores se pelearan con toallas. Insisten en que, como columnistas, deben ocuparse únicamente de los verdaderos poderosos y atacarlos sólo cuando están arriba.

Al decirles "¡Salud y adiós!", como Catulo, a los lectores de este progenitor de todas las páginas de opinión (relean la décima regla), me pregunto si es justo que quien ha disfrutado de su libertad por tres décadas revele sus secretos. Desde luego, no es justo revelar el Código. Pero pontificar sobre política es tan apasionante como la vida política en sí. Y, como dijo John F. Kennedy: "La vida es injusta" (primera y quinta reglas).

(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)

El autor se retira de su actividad como columnista de The New York Times para dedicarse a otra actividad. Esta es, entonces, su última nota de ese carácter.

(*) Juego practicado por dos personas con zancos, atadas espalda contra espalda de modo tal que cuando una avanza, la otra camina hacia atrás. (N. de la T.)

http://www.lanacion.com.ar/opinion/nota.asp?nota_id=674410

LA NACION | 27.01.2005 | Página 15 | Opinión

3. Do not be taken in by "insiderisms." Fledgling columnists, eager to impress readers with their grasp of journalistic jargon, are drawn to such arcane spellings as "lede." Where they lede, do not follow.

4. When infuriated by an outrageous column, do not be suckered into responding with an abusive e-mail. Pundits so targeted thumb through these red-faced electronic missives with delight, saying "Hah! Got to 'em."

5. Don't fall for the "snapper" device. To give an aimless harangue the illusion of shapeliness, some of us begin (forget "lede") with a historical allusion or revealing anecdote, then wander around for 600 words before concluding by harking back to an event or quotation in the opening graph. This stylistic circularity gives the reader a snappy sense of completion when the pundit has not figured out his argument's conclusion.

6. Be wary of admissions of minor error. One vituperator wrote recently that the Constitution's requirement for a president to be "natural born" would have barred Alexander Hamilton. Nitpickers pointed out that the Founders exempted themselves. And there were 16, not 20, second inaugural speeches. In piously making these corrections before departing, the pundit gets credit for accuracy while getting away with misjudgments too whopping to admit.

(Note: you are now halfway down the column. Start here.)

7. Watch for repayment of favors. Stewart Alsop jocularly advised a novice columnist: "Never compromise your journalistic integrity - except for a revealing anecdote." Example: a Nixon speechwriter told columnists that the president, at Camp David, boasted "I just shot 120," to which Henry Kissinger said brightly "Your golf game is improving, Mr. President," causing Nixon to growl "I was bowling, Henry." After columnists gobbled that up, the manipulative writer collected in the coin of friendlier treatment.

8. Cast aside any column about two subjects. It means the pundit chickened out on the hard decision about what to write about that day. When the two-topic writer strains to tie together chalk and cheese, turn instead to a pudding with a theme. (Three subjects, however, can give an essay the stability of an oaken barstool. Two's a crowd, but three's a gestalt.)

9. Cherchez la source. Ingest no column (or opinionated reporting labeled "analysis") without asking: Cui bono? And whenever you see the word "respected" in front of a name, narrow your eyes. You have never read "According to the disrespected (whomever)."

10. Resist swaydo-intellectual writing. Only the hifalutin trap themselves into "whomever" and only the tort bar uses the Latin for "who benefits?" Columnists who show off should surely shove off. (And avoid all asinine alliteration.)

11. Do not be suckered by the unexpected. Pundits sometimes slip a knuckleball into their series of curveballs: for variety's sake, they turn on comrades in ideological arms, inducing apostasy-admirers to gush "Ooh, that's so unpredictable." Such pushmi-pullyu advocacy is permissible for Clintonian liberals or libertarian conservatives but is too often the mark of the too-cute contrarian.

12. Scorn personal exchanges between columnists. Observers presuming to be participants in debate remove the reader from the reality of controversy; theirs is merely a photo of a painting of a statue, or a towel-throwing contest between fight managers. Insist on columns taking on only the truly powerful, and then only kicking 'em when they're up.

In bidding Catullus's ave atque vale to readers of this progenitor of all op-ed pages (see rule 10), is it fair for one who has enjoyed its freedom for three decades to spill its secrets? Of course it's unfair to reveal the Code. But punditry is as vibrant as political life itself, and as J.F.K. said, "life is unfair." (Rules 1 and 5.)

http://www.nytimes.com/2005/01/24/opinion/24safire1.html?oref=login&th

Cómo leer una columna política

Por William Safire
The New York Times

NUEVA YORK

Por fin puedo revelarles las doce reglas sobre cómo leer una columna política. Estas son:

1. Estén alertas al ardid del columnista entendido de usar una cita de un opositor liberal para fundamentar una opinión conservadora y viceversa. Los derechistas gustan citar a John F. Kennedy respecto de las injusticias de la vida; a los izquierdistas les encanta citar a Ronald Reagan. No se dejen engañar por el lustre de la asociación.

2. Nunca busquen el meollo de un artículo en su comienzo. Los reporteros deben poner los hechos al principio. El columnista experimentado inserta en la mitad de su nota un bocadillo de información valiosa, o incluso una observación de una perspicacia sorprendente, dirigidos a los conocedores. Si el tiempo lo apremia, el lector sagaz empieza por allí.

3. No se dejen embaucar por las expresiones propias de la jerga periodística. Los columnistas bisoños, en su afán por impresionar al lector con su dominio de esa jerigonza, tienden a escribir grafías incomprensibles. No se guíen por ellas.

4. Si una columna injuriosa los irrita, no sean tan incautos como para responder con un mensaje electrónico insultante. Los destinatarios de estas misivas furibundas se regodean hojeándolos. "¡Ah, les molestó!", murmuran.

5. No caigan en la trampa de la supuesta "vivacidad". Para dar una forma ilusoria a una perorata sin sentido, algunos colegas parten de un hecho histórico o una anécdota reveladora, divagan unas seiscientas palabras y concluyen volviendo al hecho o cita iniciales. El estilo circular les dará a ustedes una viva sensación de estar leyendo un trabajo cabal cuando, en realidad, el gurú no ha llegado a ninguna conclusión.

6. ¡Cuidado con las admisiones de errores leves! Hace poco, un vituperador escribió que, según la Constitución, el presidente de Estados Unidos debe ser norteamericano nativo y eso habría excluido a Alexander Hamilton. Los lectores demasiado escrupulosos señalaron que nuestros Padres Fundadores se eximieron de cumplir ese requisito. Además, los discursos inaugurales de segundos mandatos fueron dieciséis y no veinte. Al hacer estas correcciones piadosas antes de partir, el experto gana fama de exactitud; entretanto, quedan impunes errores de opinión inadmisibles por su enormidad.

(Nota al lector: Está promediando la columna. Empiece aquí.)

7. ¡Ojo con la devolución de favores! Stewart Alsop le aconsejó en broma a un columnista novato: "Nunca comprometa su integridad periodística, salvo a cambio de una anécdota reveladora". Citaré una que relató a los periodistas alguien que redactaba los discursos de Nixon. Cierta vez, en Camp David, Nixon se jactó: "Me bastaron ciento veinte lanzamientos". "Su golf está mejorando, señor presidente", comentó con vivacidad Kissinger. "Estaba jugando a los bolos, Henry", gruñó Nixon. Los columnistas devoraron el dato y le pagaron el favor con un trato más amable.

8. Desechen toda columna que aborde dos temas. Eso indica que el autor se amilanó frente a la dura decisión de qué comentar ese día. Cuando un escritor "bitemático" se esfuerza por ligar la tiza y el queso, déjenlo y busquen un budín monotemático. (No obstante, tres temas pueden dar a un ensayo la estabilidad de un banco de roble. Dos son una multitud; tres son una Gestalt , bueno, una forma.)

9. Cherchez la source ("busquen la fuente"). No traguen ninguna columna o dictamen pertinaz titulado "análisis" sin preguntarse: "¿Cui bono?" ( sic por ¿Qui bono?, "¿Quién se beneficia?"). Y siempre que vean la palabra "respetado" delante de un nombre, agucen la vista. Nunca leerán "Según el desacreditado...", quienquiera fuere el tipo en cuestión.

10. Resístanse al estilo intelectual que busca impresionar. Solamente los presuntuosos caen en la trampa del "quienquiera fuere". En cuanto a la frase latina, sólo la usan los abogados. Por cierto, los columnistas pedantes deberían tomar el portante. (Y evitar las aliteraciones tontas.)

11. No se dejen engañar por lo inesperado. A veces, por variar, los columnistas se vuelven contra sus correligionarios e inducen a los admiradores de las apostasías a murmurar: "¡Oh, quién lo hubiera pensado!". Esta promoción del pushmi-pullyu * es permisible entre los liberales de Clinton o los conservadores libertarios, pero con excesiva frecuencia caracteriza al opositor demasiado gracioso.

12. Desprecien las discusiones personales entre columnistas. Los observadores que presumen de intervenir en el debate apartan al lector de la controversia real. Le ofrecen meras fotografías de un cuadro o estatua. Es como si dos entrenadores de boxeadores se pelearan con toallas. Insisten en que, como columnistas, deben ocuparse únicamente de los verdaderos poderosos y atacarlos sólo cuando están arriba.

Al decirles "¡Salud y adiós!", como Catulo, a los lectores de este progenitor de todas las páginas de opinión (relean la décima regla), me pregunto si es justo que quien ha disfrutado de su libertad por tres décadas revele sus secretos. Desde luego, no es justo revelar el Código. Pero pontificar sobre política es tan apasionante como la vida política en sí. Y, como dijo John F. Kennedy: "La vida es injusta" (primera y quinta reglas).

(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)

El autor se retira de su actividad como columnista de The New York Times para dedicarse a otra actividad. Esta es, entonces, su última nota de ese carácter.

(*) Juego practicado por dos personas con zancos, atadas espalda contra espalda de modo tal que cuando una avanza, la otra camina hacia atrás. (N. de la T.)

http://www.lanacion.com.ar/opinion/nota.asp?nota_id=674410

LA NACION | 27.01.2005 | Página 15 | Opinión

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